Un asunto de Estado

Así como lo lee; un asunto de Estado. Lo vienen repitiendo los mapuches desde que tengo memoria. En los ochenta, cuando estaba en el colegio, escuché a mi abuelo comentar con otros dirigentes que la situación mapuche era un “asunto de Estado”. Poco entendí la verdad a qué se refería el viejo. Pero así se lo dijeron al entonces candidato Patricio Aylwin en Nueva Imperial, ello en 1989, año del arcoiris y los “ofertones electorales” por doquier. “Por supuesto queridos peñis, hablamos de un asunto de Estado”, respondieron a coro entonces en la Concertación. Pues bien; pasaron cuatro gobiernos democráticos, cinco mundiales de fútbol, una veintena de viajes espaciales y en Chile del “asunto de Estado” nunca más se supo. Hasta esta semana, cuando como si fuera un deja vu escuché al Arzobispo Ricardo Ezzati pronunciar las palabras mágicas; “el tema mapuche es un asunto de Estado”. Lo señaló a los medios tras ser consultado por los 80 y tantos días de la huelga de hambre. “La solución (a la huelga) depende del Estado”, subrayó el Arzobispo. Y en el Parlamento, La Moneda y el Poder Judicial, todos como si nada.
“Al Poder Judicial solamente le corresponde aceptar la fórmula de procedimiento que la ley establece”, señaló y muy suelto de cuerpo Milton Juica, presidente de la Corte Suprema, tras avalar el máximo tribunal el uso de la Ley Antiterrorista contra los mapuches, avezados cultores locales del terrorismo sin terror. “La Moneda no comenta los fallos del Poder Judicial”, declaró por su parte la vocera de Palacio, Ena von Baer, dando un portazo a cualquier eventual salida política al entuerto. ¿Y que dijeron por último los honorables en el Congreso? Nada que valga siquiera la pena recordar. No sea pollo; año electoral será recién el 2012. Por lo pronto, silencio de grillos en la Joya del Pacífico.

¿Debiéramos a estas alturas sorprendernos? En absoluto. A nadie en su sano juicio le conviene recordar que cuando hablamos del Pueblo Mapuche, en verdad hablamos de un “asunto de Estado”. La propia huelga de hambre, más allá de la violación del debido proceso judicial, es apenas un síntoma de algo más profundo. A saber, la situación colonial que nos afecta como pueblo desde hace no más de tres generaciones. Hablamos, para dejar mucho más claro el punto, de la época de nuestros bisabuelos. No, no se sorprenda estimado lector, estimada lectora. Y no metamos por favor a Cristóbal Colón en esta historia. Dejemos que el navegante despistado descanse de una vez por todas en paz. Lo mismo Pizarro, Alderete y por supuesto el insigne Pedro de Valdivia, el terrorista más buscado de su época, capturado y condenado a muerte por nuestros ancestros cinco siglos antes que el mundo supiera de Bin Laden y los publicitados SEALs.

El año recién pasado conocí a una anciana mapuche de notables 116 años de vida. Su nombre, Antonia Blanco, originaria del sector rural de Dollinco en la comuna de Cholchol. Madre de seis hijos, abuela de 30 nietos, bisabuela de 5 y por entonces a la espera de su primer tataranieto. La ñaña Antonia había nacido un 26 de Octubre de 1893. Tan solo trece años antes, el Ejército chileno invadía a sangre y fuego el por entonces soberano y autónomo País de los Mapuche. Tan solo doce años antes, a orillas del río Cautín y a los pies del Ñielol, era fundado el por entonces llamado Fuerte de Temuco. Tan solo diez años antes, militares chilenos hacían un alto en la persecución de aquellos porfiados que se negaban a ser pacificados por la espalda y refundaban la histórica Villarrica. La ciudad, fundada al arribo de los españoles y arrasada al poco tiempo por nuestros ancestros, había sido en tres siglos de abandono devorada por la selva. 116 años tenía la abuela Antonia. Tan solo 10 años menos que las actuales ciudades de Temuco, Freire, Collipulli, Lautaro, Traiguén, Angol, Galvarino, Nueva Imperial, Carahue y tantas otras que componen La Araucanía y que el Estado emplazó inicialmente como fuertes y avanzadas militares para contener a los “sublevados” étnicos de siempre.

Y es que de esto es lo que hablamos cuando hablamos del mal llamado “conflicto mapuche”; de un pueblo, de una nación, de un territorio, de un país soberano, invadido, saqueado y repartido entre la elite dirigencial de un Estado llamado Chile y que al sur del Bíobío no pasaba de ser para nuestros bisabuelos un mero dato curioso en Wikipedia. De esto es lo que trata también la huelga de hambre; aquello es lo que desnuda con todo su dramatismo frente a nuestros ojos. ¿Sospecharán esto los chilenos? ¿Lo sabrá un chofer de la Línea 2 de Temuco? ¿Tendrá la menor idea de lo que hablo un oficinista de Santiago? ¿Lo supondrá un obrero de la construcción? ¿Se lo imaginará una dueña de casa chilensis? Créanme que en absoluto. Pero hay quienes si lo saben. Me refiero a las elites políticas, económicas y militares de este país. Y es que para sus bisabuelos invadirnos trató exactamente de lo mismo; de un “asunto de Estado”. Seguro estoy que lo saben. O cuando menos, que lo sospechan. Vaya si cada bendito día no lo sospechan.

 

The Clinic

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